domingo, 7 de abril de 2013
La silla...
La vida frenó en un segundo..., sin saber de dónde vino el golpe que me empujó hacia atrás sin la decencia de que al menos saltasen los airbags..., haciendo del impacto contra el suelo algo demasiado doloroso; tanto, que aun me duele.
Aún con el cuerpo lleno de heridas me levanté, aunque no podía.
Me obligué, aunque no quería.
Caminé, aunque no sabía.
Miré hacia adelante y mi vista no alcanzaba a ver un banco en el que sentarme..., no podía dar un paso sin que la herida se abriese...,y era un dolor que atravesaba el alma.
Pero seguí..., tenía que hacerlo.
Cuando menos lo esperé mis ojos detectaron algo abstracto en este paisaje tan inhóspito..., era una silla en mitad de la nada, pero que parecía emitir un reclamo que me hipnotizaba.
Así que no tuve más remedio que dejarme llevar y avanzar hacia ella.
Me costó llegar, debido a la lentitud de mi paso, pero llegué.
Era una silla vieja, tenía las marcas típicas que deja el tiempo grabadas en la madera, alguna grieta, alguna astilla y el asiento mal anclado a las patas, como cuando te dedicas a balancearte en ellas y acaban dándose de sí.
Algo me dijo "- Siéntate y descansa un momento-", y así lo hice..., y en el mismo instante en que mi cuerpo entró en contacto con ella supe donde estaba.
No era una silla corriente..., era mi silla, el retrato de mi vida, la cual me estaba esperando. Es ahí cuando supe que había estado perdida y sin rumbo hasta que algo me dijo que tenía que volver al camino..., a luchar..., a seguir avanzando a pesar del dolor, de las heridas, de las desventuras y de las pérdidas.
Solo necesitaba despertar y aprender que los recuerdos dejan de doler para convertirse en los más preciados tesoros.
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